«El día que recuperamos las Islas Malvinas» de Claudio García

Los kelpers –así denominaban, en forma despectiva, los propios ingleses a los malvineros- tenían un único diario en las islas, el “Penguin News”.
En abril del 2015 comenzaron a aparecer en ese medio algunas noticias que hablaban de extrañas muertes de ovejas en las estancias.
Los que habían sido afectados, explicaban que encontraron animales en parte devorados, pero sin que pudieran identificarse rastros de garras o dientes propios de algún animal salvaje.
Lo raro es que desde fines del siglo XIX que no había depredadores en Malvinas que pudieran causar la muerte de ovejas.
El denominado “zorro malvinero”, que tenía un aspecto similar al zorro colorado o zorro culpeo de la Patagonia, pero con un color pardo-amarillento, fue exterminado entre 1873 y 1876 por ganaderos escoceses que lo culparon precisamente de diezmar sus majadas.
Había también una especie de jabalí en las islas que siguió el mismo camino de la extinción.
Desde la presencia del hombre en ese territorio siempre hubo perros domésticos, entrenados en su mayoría para conducir a los grupos de ovejas, pero no cimarrones que pudieran atacarlas para alimentarse.
Por otra parte, no eran pocos los animales que se empezaron a encontrar muertos. Se hablaba de decenas en distintos campos cercanos a Puerto Argentino.
Para agosto del 2015 habían pasado a cientos y por eso los titulares del “Penguin News” fueron creciendo en tamaño, al igual que el reclamo a las autoridades.
Para esa época también ya se comentaba en las islas la aparición de avispas en la capital y en los cascos de estancias, pero como una curiosidad dado que no había antecedentes en el pasado de ese tipo de insecto.
Nadie, sin embargo, hasta ese momento, denunció que recibiera alguna picadura ni relacionó las avispas con la muerte de ovinos.
Recién en enero del 2016 comenzó a preocupar que además del aumento en la mortandad de ovejas, misteriosamente devoradas, se descubrieron perros, animales de granjas y aves también mutilados.
Paralelamente, ya había alarma por la mayor presencia de avispas, pequeños enjambres que aquí y allá sobrevolaban el casi desolado paisaje malvinero.
Algunos kelpers ahora sí especularon que podía haber algún tipo de relación entre la muerte de animales y la presencia de avispas. Sobre todo, cuando distintas personas dijeron ser víctimas de ataques y que no se trataba de picaduras, sino de minúsculas mordeduras, pequeñas heridas similares a las que quedan cuando alguien inconscientemente se rasca un grano y desgarra esa fracción de piel.
En realidad, muchos estaban ya seguros que los hechos que se venían registrando desde hacía un año en las islas tenían origen en esas avispas.
Aunque el “Penguin News” lo ignorara, el que podía echar un poco más de luz sobre la aparición de esos insectos y sus características era Tim Miller, un cultivador de hortalizas en invernaderos que tenía su establecimiento a unos 20 kilómetros al sur de Puerto Argentino, camino al reconocido campo ovejero Fitz Roy.
Miller había progresado con el negocio de sus verduras desde el fin de la guerra en 1982, cuando los argentinos intentaron recuperar esa parte de su territorio.
Terminado el conflicto, Gran Bretaña decidió dedicar mayor atención a sus súbditos del Atlántico Sur. Por eso, radicaron en forma permanente un destacamento de soldados, convirtieron las islas en base de operaciones de naves británicas y movimientos militares regulares, fomentaron la explotación pesquera y otras actividades económicas, y autorizaron remesas de dinero para hacer más confortable la vida a los kelpers. Así la huerta de Miller creció para abastecer la demanda de alimentos de la base militar, de los cruceros que empezaron a pasan por las islas en función de la atención mundial que había generado la guerra y el mayor poder adquisitivo de los kelpers.
Pero el horticultor malvinero empezó a tener problemas con plagas locales que afectaban su producción y no encontraba el producto justo para revertir los daños. Una vez leyó en una revista, de las que llegaban regularmente desde Inglaterra a las islas, que había una serie de avispas y ácaros que se utilizan para controlar plagas comunes en las huertas. Así como en el mar “el pez grande se come al chico”, estos insectos le hincaban el diente a otros de menor dimensión que afectaban las verduras.
Este tipo de “control biológico” cada vez era más común en las producciones agropecuarias de Europa.
Lo cierto es que Miller se contactó con un importador inglés que le garantizó que había unas avispas que funcionaban muy bien para combatir las plagas que estaban poniendo en peligro el futuro de sus invernaderos. Se hizo el negocio y finalmente algo así como unas 50 mil avispas fueron cargadas –en paquetes acondicionados tanto para sobrevivir como para no escapar- en un avión de la Fuerza Aérea Británica que usualmente llevaba provisiones a las Malvinas y tras poco más de 13 mil kilómetros de recorrido llegaron a destino y fueron retiradas por Miller.
Según de qué medio ambiente se trate la naturaleza va mutando, eso ya lo descubrió Darwin en el siglo XIX. Y lo cierto es que con las avispas que llegaron a las Islas Malvinas pasó algo de eso.
El clima y el contexto natural del Atlántico Sur no es obviamente el mismo que en Inglaterra y lo cierto es que las avispas que allá en el hemisferio norte se conformaban con alimentarse de ciertas plagas naturales propias de una huerta, en Malvinas primero escaparon del límite de los invernaderos y luego se volvieron sedientas de sangre y encontraron en las ovejas y en otros seres vivos un alimento más satisfactorio. Es así que para fines del 2018 y principios del 2019 la plaga ya era incontrolable y cada vez más tanto la población estable como la que permanecía temporariamente en las islas, fundamentalmente la militar, vivía aterrorizada por el continuo ataque de las avispas.
Por suerte las Malvinas, a pesar de ser parte de la plataforma continental argentina, se encuentran a una distancia considerable del continente como para que esos insectos asesinos no encararan el mar abierto y viajaran hacia allá.
Los británicos, por supuesto, no iban a dejar que esa plaga los expulsara de las islas. Las consideraban un enclave colonial estratégico por su ubicación en el corazón del Atlántico Sur, por los recursos naturales adyacentes y la proyección antártica. Mandaron científicos y recursos de todo tipo para encontrar una solución al problema, pero fue inútil. No encontraron tóxicos o químicos capaces de diezmar a las feroces avispas. Pensaron en otros insectos, parásitos o pájaros que fueran capaces de alimentarse con los enjambres y así exterminarlos o, por lo menos, llevarlos a su mínima expresión. Planificaron distintas estrategias que fracasaron sistemáticamente y el desánimo y confusión en los funcionarios y el parlamento británico por el hecho que una Nación de tanta tradición imperial no pudiera derrotar a unos bichos en aquel enclave colonial lejano, contribuyó aún más a que se alejara decididamente la posibilidad de encontrar una solución.
Para el 2020 la vida en las islas se hizo insoportable y de a poco cada una de las familias fue haciendo las valijas para retornar a Gran Bretaña.
El gobierno británico mantuvo por un tiempo el destacamento militar, dado los intereses que estaban en juego, pero al final tuvo que dar la orden de evacuar definitivamente las islas.
Lo que no pudo la cancillería argentina por décadas y décadas de reclamos diplomáticos, la solidaridad de gran parte de los países del mundo con el reclamo argentino y el intento de recuperación de 1982, lo logró finalmente una plaga de avispas devoradora de carne.
Los argentinos, que habían seguido con atención la evolución de esos sucesos, no podían ocultar una gran satisfacción ante el abandono de las islas por parte de los ocupantes ilegítimos y que ya no existiera esa “espada de Damocles” para toda la región de una base militar imperial en el Atlántico Sur.
Nuestra “hermanita perdida”, como poéticamente Atahualpa Yupanqui llamó a las Malvinas, podía regresar a casa, pero ¿cómo hacerlo con un territorio invadido de unas avispas tan feroces?
Un biólogo, no obstante, venía pensando una solución desde mucho antes de la migración de kelpers y británicos de Malvinas a su territorio de origen y estaba convencido de haberla encontrado.
Dado que integraba una institución estatal prestigiosa, no tuvo problema en tomar contacto con altas autoridades del gobierno nacional y dar a conocer su plan para desembarcar en las islas y en un plazo no tan extenso exterminar a las avispas, de manera que el territorio pudiera ser nuevamente habitable, esta vez para sus legítimos dueños.
Una estrategia exitosa no causaría algún nuevo intento de retorno de los británicos, ya que ahora ni siquiera tenían la excusa de que se veían obligados a intervenir en defensa de unos súbditos de su imperio.
El biólogo, que casualmente se apellidaba Rivero, como aquel gaucho que, en 1833, a unos ocho meses de la ocupación británicas de las Malvinas, lideró un alzamiento para recuperarlas en Puerto Soledad, durante años había experimentado con las llamadas plantas carnívoras como un método exitoso para combatir a los mosquitos propagadores del dengue.
Aunque vulgarmente se cree que las plantas carnívoras son típicas de ambientes de clima tropical o subtropical, en realidad hay especies de las llamadas Sarracenia y Drosera que no sólo crecen muy bien en climas templados, sino que incluso toleran temperaturas bajo 0 y de hecho están presentes en el sur chileno y argentino.
Rivero, con ayuda de otros científicos, manipuló genéticamente esas plantas para tener mejor éxito en el combate de mosquitos y otros insectos, tanto para erradicar enfermedades en grupos humanos como plagas en cultivos y en la vegetación natural de determinadas regiones. Entre otros insectos con los que experimentó en forma exitosa, se encontraba también un tipo de avispa, la asiática, que tenía varios antecedentes en el mundo de convertirse en plaga para la agricultura y ser depredadora de abejas y otros insectos beneficiosos.
Cuando Rivero prestó atención en el 2016 a lo que pasaba en Malvinas con unas avispas, comenzó a investigar en secreto sobre esa plaga y elaborar un plan para combatirla a través del método de las plantas carnívoras que había desarrollado con tanto éxito. Fue avanzando así en la certificación de qué especie de avispa se trataba, de por qué se había vuelto tan agresiva y aficionada a alimentarse con carne de animales y humanos como resultado de las características ambientales y climáticas malvineras, y con ese diagnóstico manipular genéticamente las especies de plantas carnívoras más adecuadas para que en un plazo de pocos meses pudieran llevar al límite de la extinción a los enjambres.
En secreto, a principios del 2022, un equipo de militares y científicos argentinos desembarcó en Puerto Argentino con los equipos y materiales biológicos necesarios para comenzar el operativo de combate de las avispas y reincorporación efectiva de las Islas Malvinas al territorio nacional.
Se implantaron las plantas carnívoras en lugares estratégicos y previamente estudiados y se fijó un tiempo prudente de veda para que las mismas cumplieran con su trabajo. Se dejaron instalados y resguardados al mismo tiempo equipos que en forma constante podían certificar la presencia de los enjambres a través de la medición de las ondas sonoras generadas por los zumbidos de las alas de las avispas y su transmisión a instalaciones ubicadas en la costa patagónica para constatar la eficacia o no del proceso de erradicación de la plaga.
En el plazo de dos años, cuando el mundo prácticamente se había olvidado de aquellas islas del Atlántico Sur disputadas diplomáticamente por más de un siglo y medio entre argentinos y británicos, pero también con una guerra cruenta, los zumbidos de las avispas dejaron de ser detectados y con confianza el gobierno argentino decidió una nueva misión para certificar la situación de las islas.
Y así el 2 de mayo del 2025, fecha que tenía un fuerte contenido simbólico por ser el aniversario del crimen de guerra del hundimiento del buque General Belgrano, los argentinos, con una ceremonia en la capital malvinera, hicieron conocer al mundo la recuperación de las islas y la radicación de una población estable. En ese acto, además, se presentó una nueva versión de la bandera de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, donde a los colores naranja y azul, la franja blanca central en diagonal con forma de albatros, y las estrellas representando la Cruz del Sur originales, se agregaron los dibujos de una avispa y una planta carnívora.

#malvinasargentinas

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